El proyecto se inició con tres racimos de edificios de Frank Gehry, a los que llaman torres inclinadas o casas en movimiento -un guiño tal vez a los decorados del cine expresionista y a las sombras que Fritz Lang proyectaba en el vampiro de Düsseldorf. Más de cincuenta arquitectos firman otros bloques, aunque se ha buscado más eficacia y funcionalidad que aspavientos personalistas. Y se han aglutinado edificios preexistentes protegidos, incluidos un molino y una fábrica de cervezas. Pero no es la apuesta arquitectónica lo único importante. Lo interesante es que se ha convertido al viejo puerto en nuevo centro de gravedad de la convivencia. Gracias a que se han mezclado, con las más de 300 empresas afincadas, grandes hoteles, medio centenar de restaurantes y bares, tiendas, multicines y discotecas; la pasarela peatonal apodada “The living bridge” es exactamente eso, un living o salón con barra de bar, desde el cual contemplar el río y el perfil del casco viejo con una copa en la mano. Tienes más información en: “Düsseldorf: una ciudad del futuro“.

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